Una por una: Mary Kingsley

Tremendo caso de manual de violencia doméstica el de la chica del barrio de los Pajaritos de Sevilla. Y por ella, Mary Kingsley, indómita exploradora británica del siglo XIX.

La reina de África

La exploradora y científica Mary Henrietta Kingsley brilló por encima de todos, aunque su labor nunca fuera reconocida por la Royal Geographical Society.

kingsley
Mary Kingsley exploró Africa vestida de esta guisa

Esta indómita inglesa nació en Londres en 1862, el mismo año en que John H. Speke contemplaba por primera vez las míticas fuentes del Nilo Blanco en el corazón de la actual Uganda y confirmaba el origen del gran río africano en el lago Victoria. Mary creció en la época de las grandes exploraciones geográficas; fue su padre -médico y viajero- quien le transmitió el gusto por los horizontes lejanos y las culturas exóticas. Hasta los 30 años la exploradora no conoció más mundo que las cuatro paredes de su casa y cuando en 1892 sus padres murieron, decidió continuar con los estudios etnográficos paternos y recorrer toda la costa del África occidental, desde el Senegal hasta Angola, a bordo de navíos. La región que más le interesó fue el actual Gabón, donde en 1895 pasó una larga temporada estudiando las costumbres de los fang, una etnia que aún practicaba el canibalismo en sus rituales. Mary, pionera en las investigaciones etnológicas en el continente negro, fue la responsable de los estudios de campo más importantes en aquella región, en unos tiempos en los que la antropología era una disciplina nueva. A diferencia de otras exploradoras decimonónicas, la señorita Kingsley viajaba sola y ligera de equipaje, sólo contrataba porteadores si era imprescindible, cruzaba los pantanos a nado, aprendió a maniobrar una piragua, durmió al raso y comía la “cocina selvática”. Los únicos caprichos que se permitía fueron un cepillo de dientes, una almohada y grandes cantidades de té que la ayudaban a soportar las duras jornadas. Nunca renunciaría a su aparatosa indumentaria victoriana por muy incómoda que pudiera resultar en las selvas tropicales. En una de sus más famosas fotografías de estudio tomada en Londres en 1896 antes del segundo viaje al continente negro, la señorita Kingsley luce un encorsetado vestido negro largo hasta los tobillos, botines y en la cabeza un original tocado de florecillas y alambres de cuentas. Con su inseparable sombrilla, la intrépida viajera recorrió países como Nigeria, Gabón y el antiguo Zaire estudiando a las tribus más desconocidas, navegó en piragua los grandes ríos del interior del continente y exploró a fondo la vida en los manglares recolectando insectos y peces. Nada hacía imaginar que tras esta solterona de aspecto un tanto cursi se escondiera una indómita dama que tomaba el té en compañía de los caníbales y se enfrentaba a las fieras a golpe de sombrilla, aunque bajo sus enaguas siempre escondiera un cuchillo. Mary Kingsley no fue sólo una gran exploradora sino la viajera más comprometida de su época. En sus multitudinarias conferencias venció la timidez para denunciar el racismo imperante en su tiempo, la labor de los misioneros “más empeñados en vaciar las mentes de los indígenas que de entender sus propias creencias” y la política colonial británica incapaz a sus ojos de respetar la compleja y rica cultura africana. A los que por entonces aún creían en la supremacía de la raza blanca la viajera les decía, siempre con su particular estilo: “Un negro no es un blanco subdesarrollado de la misma manera que un conejo no es una liebre sin desarrollar”. Ella misma tendría que enfrentarse a los prejuicios de una época donde una mujer que viajara sola por el mundo era tachada de “antifemenina y antinatural”. Mary ignoró las críticas y tras media vida de ostracismo encerrada en su casa londinense, dedicó los siguientes ocho años de libertad a explorar regiones ignotas y convertirse en una respetada científica y especialista en las culturas africanas. Kingsley escribió dos libros acerca sus experiencias: Viajes por el África occidental (1897), que fue un bestseller inmediato, y Estudios de África occidental (1899). En la guerra Anglo-Boer, Kingsley se ofreció voluntaria como enfermera. Murió de fiebres tifoideas a los 37 años en Simon’s Town, donde estaba cuidando a prisioneros boer. De acuerdo con sus deseos, sus restos fueron arrojados al mar.

Traída por Elena Serrano

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