Orlando

Os recomiendo leer Orlando, de Virginia Woolf, una novela inclasificable. Virginia Woolf te lleva a descubrir muchas facetas de la vida, las costumbres y el espíritu inglés, además de su literatura, a lo largo de tres siglos. Y todo lleno de una creatividad y una magia desbordante. Dicen que incluso adelanta lo que después se vino en llamar “realismo mágico” en la literatura latinoamericana.

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Es la historia de la vida de Orlando, un joven noble que se convierte en mujer. Qué lucidez de mente para mostrar lo que conlleva un cambio de sexo. Orlando examina lo que significa ser hombre y ser mujer:

“Algunos filósofos dirán que el cambio de traje tenía buena parte en ellos. Esos filósofos sostienen que los trajes, aunque parezcan frivolidades, tienen un papel más importante que el de cubrirnos. Cambian nuestra visión del mundo y la visión que tiene de nosotros el mundo. Por ejemplo, bastó que el capitán Bartolus viera la falda de Orlando, para que le hiciera instalar un toldo, le ofreciera otra tajada de carne y la invitara a desembarcar con él en su lancha. Ciertamente no hubiera sido objeto de estas atenciones si sus faldas, en vez de ahuecarse, se hubieran pegado a sus piernas como bombachas. Y cuando somos objeto de atenciones debemos retribuirlas. Orlando había saludado, había aceptado, había halagado el humor del buen hombre: lo que no hubiera sucedido si el capitán en vez de pantalones hubiera llevado faldas, y confirma la tesis de que son los trajes los que nos usan, y no nosotros usamos los que usamos los trajes: podemos imponerles la forma de nuestro brazo o de nuestro pecho, pero ellos forman a su antojo nuestro corazones, nuestras lenguas, nuestros cerebros.
A fuerza de usar faldas por tanto tiempo, ya un cierto cambio era visible en Orlando; un cambio hasta de cara, como lo puede comprobar el lector en la galería de retratos. Si comparamos el retrato de Orlando hombre con el de Orlando mujer, veremos que aunque los dos son indudablemente una y la misma persona, hay ciertos cambios. El hombre tiene la libre la mano para empuñar la espada, la mujer debe usarla para retener las sedas sobre sus hombros. El hombre mira el mundo de frente como si fuera hecho para su uso particular y arreglado a sus gustos. La mujer lo mira de reojo, llena de sutileza, llena de cavilaciones tal vez. Si hubieran usado trajes iguales, no es imposible que su punto de vista hubiera sido igual.”

(en la página 179 de la ediación de Clásicos del s. XX de El País.)

¡Cuánto le deben a Virginia Woolf los Estudios de Género! Y un último extracto tan brillante como esclarecedor (pág. 145):

“Vale más, pensó, estar vestida de ignorancia y pobreza, que son los hábitos oscuros de nuestro sexo; vale más dejar a otros el gobierno y la disciplina del mundo; vale más estar libre de ambición marcial, de la codicia del poder y de todos los deseos varoniles con tal de disfrutar en su plenitud los arrebatos más sublimes de que la mente humana es capaz, que son (…) la contemplación, la soledad, el amor. ¡Gracias a Dios que soy una mujer!, gritó y estuvo a punto de incurrir en la suprema tontería – nada es más afligente en una mujer o en un hombre- de envanecerse de su sexo, cuando se demoró en la extraña palabra (…) amor. El amor, dijo Orlando. Inmediatamente – tal es su ímpetu- el amor tomó forma humana -tal es su orgullo. Los otros pensamientos se resignan a ser abstractos; éste no descansa hasta no revestirse de carne y sangre, matilla y enaguas, calzone y justillo. Y como todos los amores de Orlando habían sido mujeres, ahora, con la culpable lentitud que ponen los organismos humanos para adaptarse a un cambio de convenciones, aunque mujer ella misma, era otra mujer la que amaba; y si algún efecto produjo la conciencia de la igualdad de sexo, fue el de avivar y ahondar los sentimientos que ella había tenido como hombre. Pues ahora se le aclararon mil alusiones y misterios antes oscuros. La oscuridad que separa los sexos y en la que se conservan tanta impurezas antiguas, quedó abolida (…)

Es sólo una muestra. Animaos a descubrirla.

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