¿Qué es la educación para mí?

A raíz del post que publiqué sobre la mesa de debate “El desarrollo profesional de las mujeres enseñantes”, me he decidido a compartir una breve reflexion sobre el sentido de la educación y lo que para mí significa ser una maestra.

Una reflexión personal sobre educación

Desde que empecé a trabajar como profesora, hace seis años, a menudo me he preguntado qué es la educación para mí y cómo me sitúo en mi labor docente. Este tipo de reflexiones suelen pasar a un segundo plano cuando nos enfrentamos al frenético ritmo escolar: programaciones, control de absentismo, disciplina, proyectos educativos, prisas por cumplir con el currículum… Todo esto absorbe las energías del día a día. Sin embargo, es necesario tomarse un respiro y plantearse cuestiones relacionadas con la manera en que enseñamos, que es tan importante como lo que enseñamos.

Hoy puede decir que cada día intento llevar al aula el sentido de quién soy, enseñar partiendo de mi deseo, por encima de las restricciones de la propia institución escolar.

Esta forma de estar presente hoy en la escuela tiene que ver con lo que he aprendido a raíz de comenzar a investigar sobre mi práctica docente y a partir de conocer a mujeres que me han enseñado los principios de la pedagogía de la diferencia sexual, una forma de entender la educación que implica poner en un primer plano el saber de la experiencia, y unir el pensamiento y la práctica docente, de modo que “al narrar la práctica se va haciendo la teoría que vale para la vida” (Mañeru Méndez, 2006, p. 86).

Estoy convencida de que para dar clases a adolescentes hay que “saber leer deseos, donde ellos y ellas ―también la sociedad― solo ven dificultades insuperables. También es preciso saber escuchar, saber esperar y confiar en las capacidades de cada cual, así como en su apertura y en su constante deseo de aprender” (Montoya, 2008, p. 14).
Además, pienso que es fundamental investigar la práctica  para sistematizar y ser consciente de cómo me pongo en juego en mis clases. Creo que es necesario unir el pensamiento y la práctica docente, de modo que “al narrar la práctica se va haciendo la teoría que vale para la vida” (Mañeru Méndez, 2006, p. 86).

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