Natalia Ginzburg y el arte de escribir en femenino

Estoy enfrascada en la lectura de un libro de ensayos de Natalia Ginzburg, que me descubrió mi querida amiga María a través de la pequeña joya Las pequeñas virtudes.

En Las pequeñas virtudes reflexiona sobre la vida en general y sobre su oficio de escritora en particular, un oficio que admiro y que me da tanta felicidad.

“Mi oficio es escribir, y lo sé muy bien y desde hace mucho tiempo”, con esta frase redonda comienza Natalia Ginzburg el ensayo que dedica a la tarea o arte de escribir. Ahora bien, cuidado, nos advierte: no es que uno pueda esperar consolarse de su tristeza escribiendo. Uno no puede abrigar la ilusión de que el propio oficio lo acaricie y lo acune.

A mí sí me acaricia y acuna, y me hace preguntarme la forma diferente en que una mujer y un hombre se acercan a este oficio.

Ella, desde luego, tiene una manera muy especial de escribir sin olvidar su vida, impregnándose de sus experiencias vitales, por ejemplo de ser madre: “Había tenido a mis niños y me parecía que sabía muchas cosas sobre la salsa de tomates. Aunque no las pusiera en un cuento, de un modo misterioso y remoto hasta esto servía para mi oficio.”

Precisamente es través de su hijo como reflexiona sobre el tema que da título al libro:

En lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia sino la franqueza. Deberíamos darle a los niños pequeñas sumas de dinero sin importancia, estimularlos a gastarlas de inmediato y como más les guste. Ellos comprarán alguna chuchería que olvidarán enseguida, como olvidarán enseguida el dinero gastado. Así asociarán el dinero a algo efímero y estúpido. Hay que ser cautos al prometer premios y castigos porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Que sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica a esto.

Por supuesto, una reflexión muy válida para el oficio de maestra.

Aquí podéis leer el capítulo al que me refiero completo. Y algo más sobre este pequeña joya.

Os la recomiendo.

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