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Aniversario de Jane Austen

“Tres o cuatro familias en un pequeño pueblo es justo aquello con lo que hay que trabajar.”
Jane Austen

Hoy se cumplen 237 años del nacimiento de una de mis autoras favoritas, Jane Austen.

Jane Austen, retratada por su hermana Cassandra

Jane Austen es una escritora de los pequeños detalles, pequeños detalles que dan colorido a la historia pero que los historiadores tienen gran dificultad en recuperar.

Así, al menos, habla de ella James Edward Austen-Leigh, sobrino de la escritora que recopiló sus recuerdos de su tía en la que fue la primera biografía de la autora, que se publicó en 1870.

Recuerdos de Jane Austen es el título de este libro, que en español está publicado por Alba Editorial, que os recomiendo leer para  adentrarse un poco en el mundo de esta gran escritora y acercarse a su personalidad, más allá de lo que ya podemos intuir de ella al leer sus libros.

Jane Austen era una mujer muy cultivada. Una de sus cartas a su íntima amiga Miss Lloyd demuestra que hasta sus conversaciones íntimas abordaban temas intelectuales, sin olvidar su ironía característica:
“No sabes cuánto me angustia tu petición de libros. No se me ocurre ninguno que llevar, y tampoco creo que los necesitemos. Voy a verte para hablar, no para leer y que me leas en voz alta, eso puedo hacerlo en casa; y te aseguro que estoy haciendo gran acopio de información para soltártela en mi parte de la conversación. Estoy leyendo la Historia de Inglaterra de Henry, y te la recitaré como prefieras […] Con estos planes por mi parte, si tú recitas la gramática francesa, y señora Stent proclama de vez en cuando la excelencia de gallos y gallinas, ¿qué más podemos necesitar?”

Su sobrino, sin embargo, remarca en su biografía (de donde están extraídas todas las citas) que “no era lo que sabía sino lo que era lo que la diferenciaba de las demás personas”. Sus sobrinos le tenían mucho cariño, como se demuestran en los siguientes testimonios. Una de sus sobrinas la describía así:
“Cuando era pequeña siempre estaba sentándome encima de la tía Jane y siguiéndola donde podía […] Lo que más fascinaba a los niños era lo cariñosa que era. Parecía quererte y tú la querías por ello. […] Podía conseguir que cualquier cosa fuera divertida para un niño.[…] Los cuentos eran inventados sobre la marcha, estoy segura, y se prolongaban dos o tres días si la ocasión era propicia.”
Otra sobrina decía de ella: “recuerdo de qué modo tan extraño la echaba de menos. ¡Me había acostumbrado hasta tal punto a guardar cosas en mi pensamiento para contárselas luego!”. Una relación envidiable, desde luego.

El don para entretener a los niños parece que también se hacía extensible con los adultos. Era una persona divertida y risueña, muy aguda para captar lo ridículo que tienen las situaciones cotidianas de la vida, pero con tacto y consideración, sin ridiculizar a nadie. Le gustaba saber de la vida de las personas de su alrededor, por las que se interesaba genuinamente. Este interés, sin duda, parece ser la base del retrato tan detallado de la personalidad de sus personajes.

Su producción literaria fue corta, seis libros escritos entre 1789 y 1816. En los últimos cuatro años, de 1811 a 1816, cuando vivía en la última de sus residencias, en Chatwon, escribió tres de sus novelas Mansfield Park, Emma y Persuasión.

Es asombroso un periodo tan prolífico en unas condiciones nada favorables:
“Es sorprendente que fuera capaz de hacerlo, pues no tenía ningún estudio donde retirarse, y debió de escribir casi todo en el salón familiar, sometida a toda clase de interrupciones casuales. Tenía mucho cuidado de que, ni criados, ni visitantes, ni personas fuera del círculo familiar sospecharan cuál era su ocupación. Escribía en hojas muy pequeñas que podía guardar fácilmente , o esconder, bajo un papel secante. Había, entre la entrada principal y la zona de servicio, una puerta de vaivén que chirriaba al abrirse; pero ella no quería que arreglaran esa pequeña incomodidad, porque la avisaba cuando alguien venía”.

Habitación de Jane Austen en su casa de Chawton

Desde luego, Jane Austen carecía de ese “cuarto propio” del que hablaría más tarde Virginia Woolf, que le permitiera estar libres de interrupciones, que le ayudara a concentrarse. Nunca podremos adivinar las consecuencias, pero, parece ser que ella no lo vivía como una privación, pues cuenta su sobrino que jamás advirtió un gesto de impaciencia o irritabilidad de su tía cuando la interrumpían en alguna de sus visitas a Chatwon.

Jane Austen no recibió demasiada fama o notoriedad en sus días, aunque sus libros sí tenían buenas críticas. Sus novelas se fueron publicando una tras otra desde 1811. Cuando murió, en 1817, los beneficios de las cuatro novelas publicadas (dos, La abadía de Northanger y Persuasión, fueron póstumas) no llegaban a las setecientas libras, una cantidad modesta para la época.

Tampoco tuvo demasiado tiempo para conseguir su merecida fama en vida, pues falleció poco tiempo después de que empezaran a publicarse sus novelas. Ya a finales del siglo XIX, en el momento en que su sobrino escribió su biografía, se había difundido la calidad de sus novelas, pero todavía no era una autora muy conocida. De hecho, James Edward Austen-leigh relata cómo el mismo sacristán de la catedral de Winchester, donde está enterrada, se seguía preguntando “qué tenía esa dama de especial”, pues recibía muchas visitas de admiradores de su obra.

Jane Austen no escribía para ser famosa. La vida de Jane Austen es un ejemplo de vida reposada, poco variada, pero feliz, apacible y mesurada. Su sobrino la recuerda diciendo que “en ella no había nada excéntrico no anguloso; ninguna rudeza en su carácter; ninguna singularidad en sus maneras; ninguna sensibilidad malsana ni desmesura en sus sentimientos – característica con frecuencia unida a los grandes talentos. El suyo era un intelecto equilibrado sobre los cimientos del sentido común, endulzado por un corazón tierno y regido por unos fuertes principios; así que lo único que la distinguía de otras muchas mujeres amables y sensatas era ese genio peculiar que brilla luminoso en sus novelas.”

Una mujer de gran talento. Yo veo sus fuertes principios en esa fortaleza de carácter de sus personajes, su corazón tierno en la presencia siempre de segundas oportunidades para quienes protagonizan sus historias, su genio e intelecto en los maravillosos e ingeniosos diálogos de sus novelas.

Os la recomiendo.

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Natalia Ginzburg y el arte de escribir en femenino

Estoy enfrascada en la lectura de un libro de ensayos de Natalia Ginzburg, que me descubrió mi querida amiga María a través de la pequeña joya Las pequeñas virtudes.

En Las pequeñas virtudes reflexiona sobre la vida en general y sobre su oficio de escritora en particular, un oficio que admiro y que me da tanta felicidad.

“Mi oficio es escribir, y lo sé muy bien y desde hace mucho tiempo”, con esta frase redonda comienza Natalia Ginzburg el ensayo que dedica a la tarea o arte de escribir. Ahora bien, cuidado, nos advierte: no es que uno pueda esperar consolarse de su tristeza escribiendo. Uno no puede abrigar la ilusión de que el propio oficio lo acaricie y lo acune.

A mí sí me acaricia y acuna, y me hace preguntarme la forma diferente en que una mujer y un hombre se acercan a este oficio.

Ella, desde luego, tiene una manera muy especial de escribir sin olvidar su vida, impregnándose de sus experiencias vitales, por ejemplo de ser madre: “Había tenido a mis niños y me parecía que sabía muchas cosas sobre la salsa de tomates. Aunque no las pusiera en un cuento, de un modo misterioso y remoto hasta esto servía para mi oficio.”

Precisamente es través de su hijo como reflexiona sobre el tema que da título al libro:

En lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia sino la franqueza. Deberíamos darle a los niños pequeñas sumas de dinero sin importancia, estimularlos a gastarlas de inmediato y como más les guste. Ellos comprarán alguna chuchería que olvidarán enseguida, como olvidarán enseguida el dinero gastado. Así asociarán el dinero a algo efímero y estúpido. Hay que ser cautos al prometer premios y castigos porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Que sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica a esto.

Por supuesto, una reflexión muy válida para el oficio de maestra.

Aquí podéis leer el capítulo al que me refiero completo. Y algo más sobre este pequeña joya.

Os la recomiendo.